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Ser veterinario o veterinaria, más que tratar gatos y perros
Francisco Luis Dehesa Santisteban, doctor en Veterinaria.

Ser veterinario o veterinaria, más que tratar gatos y perros

Francisco Luis Dehesa Santisteban, doctor en Veterinaria
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En los últimos tiempos, y al hilo de la pandemia de COVID-19 han sido numerosos los juicios de valor emitidos sobre distintas profesiones sanitarias y la valoración de las mismas de forma inadecuada por distintas personas en o ante los medios de comunicación. La profesión veterinaria tampoco ha quedado libre de este fenómeno y en varias ocasiones ha sido objeto de comentarios, como mínimo desafortunados.


Me voy a referir a una intervención del parlamentario europeo don Javier Nart en un programa de televisión de la Cuatro, titulado Todo es mentira que se emitió el 21 de diciembre de 2020. Cierto es que ha transcurrido un tiempo considerable, pero también lo es que la actitud y el desacierto no han perdido actualidad por ello. En aquel programa el señor Nart hizo una afirmación totalmente gratuita y desafortunada, utilizada como dardo más o menos ocurrente para cargar contra el entonces ministro de Sanidad don Salvador Illa. Este diputado se permitió “bromear” con el prestigio de una respetable profesión al serle formulada una pregunta sobre las medidas adoptadas por el Ministerio de Sanidad en relación con la variante o cepa del virus SARS-Cov-2 descubierta en Inglaterra, planteando la siguiente pregunta, “¿pondrías a un veterinario a gestionar el Banco de Bilbao?” y una respuesta de corte demagógico, dando la impresión de un total desconocimiento sobre lo que hablaba “Lo que tiene que hacer ese veterinario es callarse y esperar únicamente tratar los gatos y los perros que puedan existir en el Banco de Bilbao”. Este comentario provocó una contestación en prensa por parte de doña Cristina Velasco Bernal, presidenta del Colegio de Veterinarios de Cádiz, que desgranó en su respuesta las numerosísimas funciones que desarrollan los veterinarios en la sociedad española.


Sorprende la contundencia con que el tertuliano utiliza el verbo callar. Efectivamente muchos estarían mejor callados cuando hablan de lo que no saben. Quien habla sobre cualquier tema, es muy difícil que sepa de todo. Por supuesto, personajes así muestran muchas veces soltura en el uso de la palabra, -con morbosa facundia en expresión de don Miguel de Unamuno-, y en el manejo de muletillas, conocidas o de su cosecha.


Tal vez proceda hacer un comentario sobre el perfil deseable en un ministro, sea de sanidad o de otro ámbito. Ciertamente, sería conveniente que conozca la materia, preferiblemente en términos generales, porque el bosque de la sanidad -y no digamos el de la salud- es muy extenso, frondoso y con multitud de abordajes posibles. Recuerdo ahora a algún ministro como Ernest Lluch, que, sin ser de profesión sanitaria alguna, dejó un buen recuerdo de su paso por el Ministerio de Sanidad, más allá de otras connotaciones de su figura. Si es deseable que un ministro conozca, al menos de forma general, los distintos aspectos que afectan a un ministerio, parece arriesgado reincidir, como ocurre ahora mismo en España, visto el nombramiento de doña Carolina Darias como ministra de Sanidad. Es cierto que, siendo como es licenciada en Derecho y técnica de administración general, dicho nombramiento puede no ser tan criticado desde esa perspectiva de la formación.


Cabría preguntarse si para ser ministro de Sanidad se ha de ser médico, enfermera, farmacéutico, bióloga, psicóloga, o quizás licenciado en ciencias exactas especializado en el diseño de modelos matemáticos de la difusión de las epizootías y epidemias. ¿Consideraría el Señor Nart como estudios adecuados para ser ministro de Sanidad el Grado de Odontología que es una ciencia médica? ¿Incluiría a los veterinarios en esta posible lista de titulados adecuados, o limitaría su misión a estar callados y tratar los perros y gatos que puedan acompañar a sus dueños o dueñas por las oficinas administrativas del Ministerio? No voy a abundar en esta comunicación en los argumentos sobre las múltiples funciones que desarrollan los veterinarios en su quehacer diario en numerosas facetas de la salud pública, la sanidad animal, la economía agraria, la seguridad alimentaria, la fauna silvestre, etc. Tampoco insistiré en la apremiante necesidad de promover la estrategia One Health para afrontar las numerosas zoonosis y otras patologías que afectan, real o potencialmente, a los humanos y a los animales no humanos en distintas regiones del Mundo.


Pero no me resisto a hacer algunos comentarios sobre aspectos históricos que relacionan a los veterinarios con la salud humana y con los grandes retos sanitarios y socioeconómicos de la Humanidad. Por cierto, los veterinarios de pequeños animales, sean gatos, perros u otras mascotas, son fundamentales en cualquier visión de la salud pública. Nos centraremos particularmente en aspectos de salud pública, obviando en parte otros aspectos. 


Quizá convenga recordar, que buena parte de las enfermedades infecciosas humanas son zoonosis y las compartimos con otras especies animales. El término zoonosis se debe a una de las glorias de la medicina y la ciencia alemanas, el médico Rudolf Virchow. Él afirmó, a mediados del siglo XIX, que entre la medicina animal y la humana no hay línea divisoria ni debería haberla y que, aun siendo el objeto diferente, la experiencia obtenida del conocimiento de ambas constituye la base de la medicina.


Veterinarios fueron los primeros y más entusiastas colaboradores del científico francés Louis Pasteur, considerado uno de los padres de la microbiología y de la medicina preventiva moderna. Con el apoyo veterinario consiguió el gran sabio francés desarrollar algunas vacunas para animales y la vacuna contra la rabia. La colaboración veterinaria en aquellas primeras décadas del desarrollo de las vacunas para su utilización en humanos se reflejó también en la vacuna contra la tuberculosis (BCG) desarrollada por los científicos franceses Calmette y Guerin, médico y veterinario respectivamente, en el Instituto Pasteur de Paris a principios del siglo XX. De los primeros años de vida dicho instituto, el Pasteur de Paris, se pueden citar numerosos veterinarios como el nombrado Camille Guerin, pero también su maestro Edmond Nocard o el que fuera director del Centro, Gastón Ramon. A estos científicos veterinarios se pueden añadir otros muchos, como Bernard Bang, danés, descubridor del agente causal de la brucelosis bovina y, por qué no, algunos investigadores veterinarios españoles, como los catalanes José Vidal Munné y Ramón Turró, entre otros. 


Las vacunas desarrolladas por veterinarios y los planes de vacunación diseñados y realizados con participación veterinaria han permitido el control de numerosas enfermedades animales y la erradicación de la peste bovina, enfermedad que produjo gravísimas epizootias a lo largo de la historia, hasta bien recientemente todavía, en el siglo XX. Esta enfermedad y la viruela humana son las únicas que han sido erradicadas como consecuencia de los esfuerzos humanos, con participación de muchos agentes, los veterinarios entre ellos. Tampoco olvidemos que tanto las vacunas como cualquier terapia farmacológica que vaya a ser utilizada en la especie humana han de superar una fase preliminar de prueba en animales, en la que el papel de la medicina animal resulta determinante.


Quiero subrayar la continua vocación investigadora de los veterinarios, tanto en el sector público como el privado. Baste decir que el veterinario y científico norteamericano Daniel E. Salmon da nombre al conjunto de bacterias pertenecientes al género Salmonella, nombrado así en su honor, por sus descubrimientos científicos relacionados con los gérmenes de ese género. Y también se podría citar al premio Nobel de Fisiología y Medicina de 1996, el veterinario australiano Peter C. Doherty, que desarrolló buena parte de su trabajo en el Departamento de Inmunología del Hospital St. Jude Chidren Research de Menphis, Tennesse (USA). Quiero aquí hacer un apunte en honor de los investigadores veterinarios españoles que en este momento están en la vanguardia de la investigación mundial en materia de sanidad animal. Valga para ello recordar que el veterinario profesor José Manuel Sánchez-Vizcaíno está al frente de un equipo de investigadores españoles que son la gran esperanza mundial en la lucha contra la peste porcina africana, enfermedad que amenaza con arruinar la industria porcina de Europa y Asia, incluida China.


También cabe destacar la fortaleza de la veterinaria en la universidad española, con importantes actividades investigadoras además de su labor docente. Muestra de ello es el protagonismo de los profesores veterinarios en los claustros universitarios. Hay varios rectores veterinarios, como es el caso del profesor Carlos Goyache, rector de la Universidad Complutense de Madrid, del profesor Juan Francisco García en la Universidad de León, o el más recientemente elegido rector de la Universidad de Castilla La Mancha, profesor Julián Garde. Son solo una muestra de la que forman parte, sin citarlos a todos, figuras tan importantes como el profesor Miguel Cordero del Campillo, figura mítica de la veterinaria española que fuera rector de la Universidad de León, el profesor Amador Jover Moyano que lo fuera de la universidad cordobesa, el profesor Juan José Badiola, que lo fue de la de Zaragoza, o el profesor Lluis Ferrer Caubet, rector de la Universidad Autónoma de Barcelona a principios de este siglo.


El papel de los veterinarios en la crisis sanitaria que nos ocupa ha sido también objeto de distintas informaciones periodísticas. Las administraciones españolas, la central y las autonómicas, han organizado diversas comisiones o comités. La presencia de veterinarios en esos equipos habría resultado muy provechosa, como seguramente lo ha sido en las escasas autonomías en las que han participado en igualdad junto a técnicos de otras disciplinas sanitarias. A este respecto, me permito recordar que el presidente del prestigioso Instituto Robert Koch de Berlín, que ha coordinado la actuación sanitaria en Alemania, es un veterinario, el doctor Lothar Wieler. La Administración española en su conjunto seguramente no ha sabido aprovechar todo el potencial técnico y experiencia que tenía a su disposición en los laboratorios públicos de sanidad animal. Las técnicas de ELISA para la detección de anticuerpos y las de PCR para la investigación de virus se vienen utilizando desde hace varias décadas en los centros de sanidad animal, implicando el manejo de cientos o miles de muestras en breves espacios de tiempo, en ocasiones con evidentes dificultades de orden logístico. Apena pensar que la idea equivocada sobre la limitada valía de los veterinarios que han mostrado algunos personajes esté más extendida de lo que algunos creíamos.


Otro ámbito a reseñar sería el de la producción animal. Por ceñirnos a un aspecto, me atrevo a apuntar que los veterinarios llevan, llevamos, más de setenta años realizando inseminación artificial de las hembras de las especies animales domésticas y que, para ello, utilizan desde hace más de cuarenta años semen congelado que transportan y conservan en tanques con nitrógeno líquido a menos 196 ºC. Es decir, acostumbramos a utilizar y manejar productos biológicos de elevado valor en cualquier tipo de circunstancia ambiental y/o climatológica y con tecnologías de máxima actualidad.


No quiero finalizar sin hacer un recordatorio de la dimensión cultural de muchos de nuestros colegas. Podría extenderme en este aspecto, pero solo citaré tres nombres, los tres españoles: el ya mencionado profesor Miguel Cordero del Campillo, imponente humanista además de gran científico; el veterinario santanderino Benito Madariaga de la Campa especialista en prehistoria y gran autoridad en literatura, especialmente en la figura de Benito Pérez Galdós, y el veterinario especializado en nutrición animal y novelista Gonzalo Giner, con varios éxitos editoriales en su haber.


Confío que estas líneas contribuyan a un mayor conocimiento de la profesión veterinaria y de su importancia sanitaria, económica y social. Éste es el objeto principal de este artículo. La veterinaria moderna es una profesión con más de doscientos cincuenta años de historia con profesionales surgidos de estudios superiores, y ha hecho y hace notables prestaciones a la salud de los animales y las personas, a la producción agropecuaria, a la sostenibilidad ambiental y, en definitiva, al bienestar de las gentes y la riqueza de los pueblos. 

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