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El valor del conocimiento, reflexiones de un veterinario
​Javier Yábar Jimeno, veterinario clínico.

El valor del conocimiento, reflexiones de un veterinario

​Javier Yábar Jimeno, veterinario clínico
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Hace unos años dejó de funcionar el calentador de agua de mi clínica veterinaria. Una persona muy amable acudió a repararlo, me pidió una escalera, una vez encaramado y en posición “reparadora” se giró con su linterna encendida y me pidió un bolígrafo. Con el bolígrafo presionó un botoncito y ¡voilà!, se puso a calentar el agua.


Son X euros; parte corresponden al desplazamiento y el resto a la hora trabajada. Mi cara expresó algo que incomodó a aquella persona. Me disculpé:


- “Perdone, estoy totalmente de acuerdo. Usted sabe que botón hay que presionar para que funcione y entiendo que es el precio de mercado. ¡Muchas gracias!”


Entré en un momento melancólico cuando repasé en lo que vale la hora del investigador, el docente, el intelectual, el sanitario y por supuesto lo que vale para la sociedad la hora del veterinario clínico.


Pertenecemos al grupo de los MacGyver de la sanidad. En un día podemos atender un caso de dermatología que implica la ejecución e interpretación de una citología, tratamos a un diabético, operamos un cáncer con anestesia general y monitorización incluida, interpretamos una radiografía que nos da el diagnóstico sobre una cojera y no sé cuántas cosas más.


Al día siguiente la cosa sigue variando y cada campo de la medicina debe ser estudiado y actualizado hasta donde nuestra capacidad permite y, cuando llegamos al límite, derivamos al paciente a un compañero “especialista” que estudia como loco solo de un cachito de la medicina. En el empeño de nuestra actividad siempre está en primer lugar el control de las zoonosis, esas enfermedades que compartimos con los animales y de las que somos responsables. Esa parte de la veterinaria que es pura salud pública.


Lo sorprendente es que, muchos días, algún cliente al terminar la consulta pregunta; “¡Qué!, ¿le debo algo?”


Desconozco cuál es la razón de que a la sociedad le cueste tanto valorar el trabajo según el conocimiento y dedicación intelectual que dicho empeño requiere, o por lo menos, que esta dedicación se refleje en parte en su valoración final.


En la mayor parte de los casos es la percepción del valor subjetivo del bien tratado, ya sea una lavadora, un automóvil, o un animal la que justifica por encima de otros conceptos el precio adecuado de la hora trabajada.


Por lo que a nosotros nos toca, doy gracias a que cada vez los animales, su salud y bienestar son más valorados y, por lo tanto, la pregunta anteriormente aludida es cada vez más escasa.


Como sociedad creo que tenemos que pararnos a pensar lo que vale el esfuerzo de los que se “paran a pensar”, porque son ellos los que resuelven los problemas más complejos independientemente de la inmediatez de sus resultados.


Y sí, el señor que sabía dónde presionar con el bolígrafo para que el calentador de agua volviera a funcionar cobraba su hora de trabajo mucho más cara que cualquier veterinario clínico o especialista. Por eso me puse melancólico…

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