Manuel Rodríguez Pascual, en su incorporación a la Academia de Ciencias Veterinarias de Castilla y León.

Manuel Rodríguez, nuevo académico de Ciencias Veterinarias de Castilla y León

​El veterinario Manuel Rodríguez Pascual se ha incorporado a la Academia de Ciencias Veterinarias de Castilla y León
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Tal vez sea la hora de que los merinos que salieron de nuestro país hace 200 años, retornen a nuestras montañas y riberas, y a través de su genética, de la experiencia de los criadores australianos, de la cultura y conocimiento del medio de nuestros pastores y con la colaboración de nuestras universidades, podamos volver a producir en un plazo razonable lo que nunca debimos perder, la lana fina de calidad”. Con esta reflexión de futuro y otras anteriores sobre el periplo de las lanas leonesas en los mercados internacionales entre los siglos XIV al XVIII, fueron desgranadas por el veterinario Manuel Rodríguez Pascual durante su discurso de incorporación a la Academia de Ciencias Veterinarias de Castilla y León, celebrado hace unos días en el Paraninfo Gordón Ordás del edificio El Albéitar de la Universidad de León.


Técnico de la Estación Agrícola Experimental de León, veterinario, ingeniero técnico agrícola e investigador de la trashumancia y el pastoreo de la provincia, Pascual quiso recuperar en su conferencia la memoria histórica de la lana leonesa, su producción, comercio y difusión, en especial del ganado merino. En su intervención –presentada bajo el título ‘Lana leonesa para los telares europeos y merinas hacia Las Antípodas’- recordó cómo al menos durante 5 siglos “nuestra lana de merina monopolizó los mercados internacionales, lo que proporcionó prosperidad, desarrollo y estabilidad no solo a los grandes y pequeños propietarios de ganado merino, sino también a pastores, jornaleros de lavaderos y esquiladeros, comerciantes y puertos de embarque”.


PRODUCTO ECOLÓGICO Y CON BAJOS CONSUMOS ENERGÉTICOS


Rodríguez Pascual hizo especial referencia al “largo y complicado viaje” de pequeños lotes de tres cabañas leonesas (Negrete, El Escorial y El Paular) que en los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX consiguen alcanzar Australia y “formar parte de los primeros rebaños que empezaron a colonizar este vasto continente”. Ese momento de bonanza dio paso al declive del monopolio lanero que se constató a principios del siglo XIX en el mercado internacional de Londres donde las lanas leonesas cotizaban por debajo de sus rivales de Sajonia. “A partir de entonces, la bajada en el precio de la lana llevó al descenso de la trashumancia y los beneficios que antes se derramaban por todo el país fueron desapareciendo y nuestras montañas, desde entonces, no volvieron a recuperar la fortaleza económica de antaño”.


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El veterinario Manuel Rodríguez Pascual durante su discurso.


La irrupción en el mercado de fibras sintéticas (derivadas del petróleo) y la confección de tejidos de algodón, relegaron la lana al declive a mediados del siglo XX donde “nuestros merinos se empiezan a cruzar con razas foráneas para la producción de carne, y en ese proceso a punto estuvimos de perder la pureza de nuestra preciada raza”, explicó Rodríguez Pascual quien se mostró esperanzador por la creación de a principios de este siglo de varias cooperativas para la clasificación y comercialización de la lana “cuyos precios han empezado a mejorar y se han incrementado las importaciones de lana por parte de China y otros países asiáticos”.


Rodríguez Pascual se refirió durante su discurso a las ventajas y cualidades de la lana “un producto natural con un glorioso pasado en nuestro país y con mucho futuro ya que estamos hablando de un producto ecológico, con bajos consumos energéticos y que contribuyen de forma directa a mantener los pueblos habitados, los paisajes y la biodiversidad”. Una fibra que calificó de “sostenible a largo plazo, cosa que no ocurre con el algodón ni con las fibras artificiales derivadas del petróleo”.


Finalmente, Manuel Rodríguez habló del esfuerzo realizado por los criadores australianos de merino “como un ejemplo a imitar”. Estos criadores han logrado desarrollar diferentes tipos de merino adaptados a las condiciones de clima y suelo del continente y producir lanas con distinta finura y calidad. “Es nuestro país, con unos pastos mucho más favorables, sobre todo en las montañas de la mitad septentrional de la Península, no encontramos soluciones estables y abandonamos paulatinamente los recursos naturales y los pueblos”, y concluyó que ahora mismo la lana “como producto natural y sostenible es la fibra que tiene mejor futuros y muchos de nuestros pueblos, a través de ella, con una ganadería extensiva bien planificada y tecnificada, pueden tener sus segunda oportunidad, y asió paliar la despoblación que nos atenaza e invade”.

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