El investigador Carlos Rouco durante la toma de datos de la zarigüeya australiana en Nueva Zelanda.

Evalúan los collares GPS como método de estudio de la fauna silvestre

Un artículo científico analiza el rendimiento de los collares GPS en estudios ecológicos sobre fauna terrestre en estado salvaje aunando datos de 167 proyectos a nivel mundial
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El conocimiento compartido es clave para el avance de la investigación ya que ayuda a elegir o no ciertas metodologías, mejorar tecnologías o ampliar mapas mentales que reviertan en soluciones innovadoras a problemas planteados. La evaluación de las tecnologías o metodologías usadas en la investigación por parte de la comunidad científica será de gran ayuda para quienes vengan después. Algo así como los comentarios en los foros de Internet sobre algún servicio o producto, pero a lo grande.


Vivimos en la edad de oro de la telemetría satelital, que es la tecnología que permite registrar localizaciones de manera remota y realizar envíos posteriores. La tecnología que nos permite desplazarnos por el mundo sin preguntar ni comprar mapas, sólo conectando nuestro GPS móvil, es la misma tecnología que utiliza la ciencia para estudiar la fauna silvestre a la que mantienen geolocalizada. Para hacerlo, el mercado ofrece multitud de modelos. Conocer cuáles son los más eficaces resulta fundamental para quienes trabajan en el estudio de la fauna silvestre.


Nadie mejor que los propios usuarios de esos dispositivos para evaluar su rendimiento a la hora de identificar los movimientos de la fauna silvestre. El investigador del Departamento de Botánica, Ecología y Fisiología de la Universidad de Córdoba, Carlos Rouco, ha participado en un estudio internacional en el que se analiza el funcionamiento de los collares GPS en fauna terrestre mediante la combinación de datos de más de 3.000 dispositivos desplegados en 62 especies estudiadas en 167 proyectos en todo el mundo.


La conclusión más generalizada del estudio es que la principal limitante de estos dispositivos suele estar en la vida útil de la batería. Si bien el rendimiento de estos dispositivos ha mejorado a lo largo del tiempo, el gasto de energía que realiza la función GPS es alto y las baterías se muestran como la causa principal de que la misión del aparato acabe prematuramente. El segundo motivo por importancia que afecta al rendimiento de los collares GPS fueron las características ambientales que también influyen en la cantidad y calidad de los datos registrados. Esto se ha determinado comparando el número de localizaciones potenciales que se esperaban de cada dispositivo con el número real de localizaciones que finalmente pudieron completar dichos dispositivos.


EL RENDIMIENTO DE LOS COLLARES GPS EN LAS ZARIGÜEYAS


El ecólogo Carlos Rouco es uno de los investigadores que ha testeado el funcionamiento de los collares GPS. Durante su estancia postdoctoral en Landcare Research de Nueva Zelanda, Rouco utilizó estos dispositivos durante 5 años con las poblaciones de zarigüeyas australianas en dos áreas distintas de Nueva Zelanda. Empleando los dispositivos para determinar hábitats preferentes de la zarigüeya australiana, que son plaga en Nueva Zelanda, para poder realizar controles poblacionales más eficientes. Con este estudio se obtuvo una eficiencia del 58% de los dispositivos GPS en una de las áreas (de 89.000 localizaciones estimadas se consiguieron 51.000) y una eficiencia del 71% en la otra área.


Para optimizar al máximo la batería, que es el principal problema que encuentra la mayoría de los usuarios, Rouco programó las localizaciones cada hora durante la noche, ya que durante el día la zarigüeya permanece en su madriguera. Posteriormente, el investigador localizaba a la zarigüeya mediante radio-seguimiento (sistema VHF) para localizar y atrapar a las zarigüeyas marcadas con collares y así poder descargar los datos del dispositivo GPS.


De esta manera, en su momento estos dispositivos sirvieron para conocer los movimientos de esta especie plaga y transferir estos datos a las instituciones encargadas de controlar sus poblaciones en el territorio neozelandés y, ahora, se han convertido en símbolo de conocimiento compartido y en el nexo de unión de la comunidad investigadora mundial.

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