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Carta abierta para el sector veterinario
EDICIÓN

Carta abierta para el sector veterinario

Delia Saleno, ex presidenta de la Confederación Empresarial Veterinaria Española (CEVE)
Delia Saleno
Delia Saleno, ex presidenta de la Confederación Empresarial Veterinaria Española (CEVE).

Ya siendo efectiva mi salida del comité ejecutivo de CEVE, quiero daros las gracias a todos los que habéis hecho posible nacer y crecer este proyecto y a la vez felicitar al nuevo mando al que deseo que alcance muchos éxitos y culmine el proyecto. En una década se alcanzaron hitos impensables y se sembraron muchas cosas que darán fruto a medio-largo plazo. Nuestra realidad será muy diferente por el cambio de actitud hacia la proactividad y os confieso que fue un gran honor haber tenido el privilegio de liderar un proyecto tan innovador.


Sin embargo, todavía hay algunas lecciones que debemos aprender como sector: buscar la unión detrás de los intereses comunes es lo más útil y eficiente para todos, y se deben combatir de inmediato las actuaciones de los que quiebran la paz por mero interés personal.


La dimisión en bloque del comité ejecutivo de CEVE fue por un bloqueo de la actividad de la organización ejercido por un grupo minoritario, pero muy insistente y ruidoso, que realizaron un acoso psicológico constante contra mi persona durante unos dos años.


El proceso aumentó exponencialmente en intensidad por la incomprensión de la situación por los integrantes de la Junta. Y no sirvió de nada que yo explicara lo que estaba ocurriendo. La mayoría no se lo creyeron. Incluso se llegó a pensar que el origen del problema era mi actitud firme frente a la mentira y a las manipulaciones que no las he tolerado nunca.


Me he decidido a contar lo ocurrido porque si se ha llegado a las dimisiones es por falta de cultura sobre el mobbing y de cómo se debe actuar en estas situaciones. Es un problema mucho más extendido de lo que se reconoce y casi nunca las víctimas se atreven a contarlo, principalmente por dos razones: estigma social y agotamiento emocional.


Al no ser la primera vez que estaba sufriendo un acoso en el entorno laboral/profesional, supe reconocerlo de inmediato y fui consciente que para arreglarlo se necesitaba la acción firme, unida y temprana del grupo. Y aquí es donde se torcieron las cosas. Casi siempre el grupo que rodea las víctimas se paraliza por la incredulidad de los hechos y, luego, se divide fruto de las manipulaciones ejercidas por los acosadores.


Me voy a enfocar en el problema y no en las personas que agredieron, que actuaron movidas por un interés personal en nombre de los que representaban (cosa que probablemente los representados lo desconocen) porque lo importante es aprender a reconocer estas situaciones para poder apoyar y proteger a las víctimas y, a la vez. aislar a los agresores. Estos últimos solo pueden actuar si tienen un público que presencian los acontecimientos en un estado de aturdimiento.


A lo largo de este proceso recibí consejos de tipo “no le prestes atención, es solo un ruido de fondo que en todas las organizaciones existen” (normalización de la agresión); “debes aprender a vivir con un chubasquero puesto para que la lluvia no te llegue a empapar” (no tenían en cuenta que “la lluvia” también salpicaba alrededor y lo empapaba todo, estropeando el ambiente); “las cosas se arreglan hablando, así que es mejor que hables con ellos y arregles los problemas personales” (no hay nada más cruel que pedir a una víctima, de mobbing en este caso, que se sienta a negociar con sus agresores. ¿Qué iba a pedirles? ¿Qué rebajen la intensidad, la frecuencia o un calendario de las acciones para anticiparme a los acontecimientos?); “tómate una pausa en verano y ya verás como en otoño vuelves con fuerzas renovadas” (¿Fuerza para qué? ¿Para aguantar mejor las agresiones?). Un sin fin de consejos de gente bien intencionada, pero muy equivocada en la percepción de la realidad y con poco conocimiento sobre el acoso psicológico.


Las víctimas no necesitan palmaditas en la espalda, ni frases motivadoras sacadas de la chistera, sino acciones firmes para sacudir y despertar al grupo que las rodea, porque actuando como un bloque unido y desde fases tempranas, además de proteger a las personas agredidas directamente, se preserva la salud de las relaciones dentro de la organización y se podrá seguir con el trabajo. De lo contrario, se rompe todo: el ambiente, el equipo, cualquier proyecto y hasta las amistades más profundas.


Los agresores son tan hábiles que consiguen encandilar casi a todo el mundo a través de un lenguaje perverso, manipulaciones de media verdades y afirmaciones sacadas de contexto. Suelen haberse creado con anterioridad una imagen de buena persona con una proyección social muy positiva y llegan a manipular a tal nivel que todo el mundo tendrá dudas de quién es el malo de la película. Incluso la misma víctima, que se pregunta constantemente dónde se habrá equivocado.


Muchos están convencidos que “saben lo que está pasando porque han sido informados en detalle”, pero no se dan cuenta que tienen un único canal de información y se transforman en parte del problema.


Todo esto conduce a que el grupo deje de funcionar como un equipo y se transforme en una suma de actos individuales sin rumbo claro, situación que erosiona y agota. Por mejor intencionadas que sean, las conversaciones y actuaciones individuales no consiguen nunca arreglar el problema porque es la tormenta perfecta para que el agresor (o los agresores) siga manipulando, siga aumentando las dudas y, en definitiva, siga dividiendo aún más el grupo, aumentando el aislamiento y la desconfianza de la víctima.


Lo más difícil es que el grupo lo entienda y, sobre todo, lo perciba y se lo crea. Y cuantas más ocasiones se le ofrece al agresor para manifestarse, más aumenta su ego, más poder tiene para hundir a la víctima y más va a enturbiar el ambiente.


En una situación así, antes de sacar conclusiones a la ligera, se debe analizar mucho más a fondo la situación y contrastar la información recibida. Se debe entender que el fin del agresor no es el de “arreglar” un conflicto o un problema, en muchas ocasiones producido por el mismo, sino de manipular y de disfrutar viendo el sufrimiento de la víctima, de ganar notoriedad y capacidad de influencia sobre los demás. El ruido le retroalimenta. Y suele repetir su comportamiento siempre que le sea posible.


El verdadero problema es un conflicto interior de una persona que no consigue gestionar adecuadamente sus frustraciones y las redirige hacia sujetos exitosos.


Tenemos que preguntarnos seriamente cuál es el problema. No el superficial que se nos está vendiendo, lo de las supuestas riñas personales, sino intentar entender el fondo. Si no hay manera de entenderlo, lo más seguro es que no exista, y aquí es una primera llamada de atención que tenemos que tomárnosla muy en serio.


La segunda clave es que el acosador no suele actuar a la luz pública y se suele valerse de su conocimiento personal sobre la víctima para construir un relato lleno de mentiras, pero creíble para el grupo, y transmitido de manera individual o en grupos muy pequeños. De este modo, poco a poco se empiezan a desarrollar pensamientos en contra de la víctima y cada miembro del grupo se transforma en un colaborador tácito en el acoso psicológico.


Este es el punto clave en el que se puede detener la situación de acoso si los testigos rompen su silencio, buscan otras fuentes de información y descubren las incongruencias en los relatos del acosador. Es difícil sustraerse emocionalmente a la situación y no dejarse llevar por las relaciones personales previas, pero se debe hacer.


Para conseguirlo se debe tener información substancial sobre el mobbing, sobre el perfil de los acosadores y su forma cínica y pérfida de comunicación y actuación. Y en la mayoría de las ocasiones se necesita una intervención externa profesional para que la dinámica se pueda romper.


En esta fase del acoso, si el grupo se vuelca para arropar y apoyar a la víctima, la agresión se detiene de inmediato ya que sin un público seducido es imposible que continúe.


Y mucho cuidado, en una organización en la que las prácticas del mobbing están instauradas sin que el grupo reaccione y sin que se tomen medidas muy contundentes para erradicarlas, nadie estará a salvo de ser el próximo acosado. En el grupo de seguidores del acosador inicial es muy fácil que haya aprendices y, algunos de ellos, en breve serán futuros acosadores.


Cualquiera puede ser el próximo agredido. Sobre todo, si es una persona que destaca en algún campo y tiene unos altos valores morales tiene muchas papeletas para ser diana de envidias por parte de algunos que no llegan a alcanzarlos.


En este caso, la agredida fue una mujer empresaria nacida en el extranjero que hace casi dos décadas la misma administración la etiquetó como “mujer en riesgo de exclusión social”, y que a través del emprendimiento e innovación se creó una vida. Una mujer qué participó en la fundación y consolidación de toda una organización empresarial que se creó de la nada y que hoy es un referente nacional e internacional. Una mujer que estuvo en el comité ejecutivo desde el principio, asumiendo la presidencia en los últimos siete años. ¿Cómo queda el tema del empoderamiento de la mujer si luego no se le respeta, que se le vaya vetando institucionalmente por el hecho de ser empresaria y, además, no se le proteja a nivel jurídico? ¿Es solo un cuento ideológico?


Aunque en psicología esto se denomina mobbing ascendente ocurrido en un entorno profesional, por lo visto, el sistema jurídico español no lo contempla, porque no ocurrió dentro de una empresa y no implican trabajadores por cuenta ajena.


Igual se deberían hacer más reflexiones como sociedad y tener miradas más amplias también a nivel jurídico porque no sirve de nada intentar hablar de igualdad, de cuotas en puestos de mando y necesidad de romper techos de cristal y a la vez normalizar el acoso bajo el lema “son cosas inherentes al cargo”. Además, es generalmente reconocido que ocurre mucho más si el mando es una mujer. ¿Quién desea vivir así?


El acoso no es normal en ninguna circunstancia y de ningún tipo. Y el sistema jurídico debería castigar el acoso psicológico en un entorno profesional indistintamente si la víctima es o no personal por cuenta ajena. ¿El daño social, psicológico, profesional y económico no existe para los autónomos?


Y hablando de vetos, además del acoso interno más reciente, a lo largo de todos estos años ligados a la patronal veterinaria se creó entorno a mi persona un cordón sanitario en casi cualquier institución u organización donde los veterinarios tenían poder decisional. Y me consta que también sufrieron ataques los que me rodearon o intentaron apoyarme. Se puede consultar la hemeroteca y ver en qué eventos, reuniones o comité he faltado. Y no he declinado ninguna invitación.


En demasiadas ocasiones me llegaron frases como “a la rumana ni agua” o “cuidado con la mafiosa de Baleares” o refiriéndose a la firma del primer convenio “en esta foto no veo al sector veterinario español, sino un marino y una rumana”, o “los cuentos de los rumanos, para los rumanos” refiriéndose a la lucha para el reconocimiento del derecho de dispensación del medicamento veterinario para nuestro sector, olvidándose que en realidad eran “cuentos” europeos que también afecta a España.


En este último hecho hubo una curiosa coincidencia en que la sentencia del TJUE donde se afirma que el profesional idóneo para la dispensación del medicamento veterinario es el profesional veterinario y no el farmacéutico, se hizo a petición de la organización colegial rumana. Llama poderosamente la atención como en ese país la organización colegial lucha para que la competencia de la dispensación y venta del medicamento veterinario y su control en toda la cadena siga siendo para el profesional veterinario, mientras que, en España, la Organización Colegial Veterinaria tiene una posición totalmente opuesta.


¿De verdad, los veterinarios en España, Italia, Suecia y Chipre somo unos malvados con intereses ocultos en la prescripción, necesitando ser controlados por los farmacéuticos, que según aquella famosa sentencia son profesionales “que no demuestran conocimiento alguno en sanidad animal”? Es difícil no preguntarse si realmente de este modo se protege el consumidor, la salud animal y la salud pública y que la normativa en estos cuatro países no está para proteger el interés de un solo colectivo profesional y no el interés general. Tengo alto respeto por la profesionalidad de los farmacéuticos, pero su formación está enfocada exclusivamente a la salud humana y deberían abstenerse de actuar en un campo tan complejo como la salud animal, tal como ocurre en el resto de los veintitrés países de la UE y en todos los países desarrollados (EEUU, Canadá, Reino Unido, Suiza, Noruega…).


En su momento, estas frases solo me sirvieron para saber que estaba muy alejada de las posturas oficiales bien arraigadas y que no deseaban cambiar nuestra realidad sectorial desastrosa. Y, al no tener otros argumentos, los disparos se redirigieron a nivel personal. A lo fácil. Y me lo tomé como una carta blanca para defender de la mejor manera que he considerado los intereses sectoriales veterinarios.


Lo cuento porque los emisores de estas frases nunca han sido recriminados por el entorno y siguen tranquilamente realizado sus actividades, y muchos en los mismos cargos. Esto es un fiel reflejo de una sociedad que mira para otro lado, que no reacciona para no generar conflicto y lo que obtiene a cambio es vivir en un permanente conflicto, promoviendo la mediocridad y perpetuando los problemas.


Y aquí hay mucho por hacer para que la sociedad sea más sensible a estas situaciones y saber reconocer el acoso psicológico en fases tempranas. Ocurre mucho más de lo que seamos conscientes y la tolerancia hacia las difamaciones es demasiado ancha. Parece que nos mueven las historias y los relatos, pero no todo vale y no deberíamos ser partícipes, ni actuar como correa de transmisión de las injusticias. Todo tiene un efecto bumerán y las relaciones sociales se enturbian a tal nivel que finalmente afectará a la sociedad misma. Igual el tema merece al menos una cierta reflexión. Se necesita mucha más visibilidad de este problema y bastante educación y concienciación social general para que esta lacra no se perpetúe. Y creo que haría un flaco favor a las próximas víctimas al no haberlo hecho público.

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